As Catedrais y Costa Quebrada

Posted on diciembre 13, 2015
Atardecer en los Urros, Cantabria 2015

Atardecer en los Urros, Cantabria 2015

Cada año me tomo una semana de vacaciones para disfrutarla en soledad. Vacaciones completas, laborales y familiares. Recorrer periódicamente una parte de la geografía en solitario para mí se ha convertido, más que en un acto ocioso, en una necesidad personal. Son viajes cuidadosamente planificados, con mucha intensidad fotográfica, en los que el tiempo se distribuye a partes iguales entre la visualización de escenas y el fluir del pensamiento.
Desde el punto de vista fotográfico, aprovecho estos viajes para explorar nuevas ubicaciones, o profundizar en otras conocidas. Hay fotógrafos que son capaces de captar la esencia de un lugar a la primera. Yo no tengo esta cualidad, necesito tiempo para averiguar dónde está el caviar de la zona. Es por eso que, si el lugar lo merece, suelo repetir hasta agotar su potencial. Y como normalmente se trata de lugares especiales, con una importante afluencia de curiosos, suelo visitarlos en temporada baja, cuando antes del amanecer podemos coincidir, a lo sumo, un par de perturbados.
Este año el destino ha sido la costa cantábrica, concretamente la playa As Catedrais de Lugo y la Costa Quebrada de Cantabria. La semana del viaje y el orden de los destinos lo elegí en función del horario e intensidad de las mareas y de las horas de luz. Tuve la gran suerte de tener un tiempo mayormente cubierto, aunque sin frío ni largos períodos de lluvia.
As Catedrais es, para mí, algo más que un lugar emblemático. Es como un templo al aire libre con una energía muy especial, repleto de rincones fantásticos que cambian de aspecto según la época. Cuando paseo por esta playa en marea baja, empatizo con los castigados acantilados, siempre a merced de un mar a menudo furioso que, temporal tras temporal, modela su silueta. Este año, la zona de los arbotantes, otrora rocosa, estaba completamente cubierta de arena, incrementando la superficie de la playa. Tras la retirada del mar, en marea baja aparecen pequeñas lagunas aisladas por aquí y por allá, que modifican el paisaje día a día. El mal tiempo junto con la época del año (finales de noviembre) me facilitaron la exclusión fotográfica de la poca gente que paseaba por la zona. Cuando la marea sube, el paseo continúa por el borde elevado del acantilado ofreciendo una perspectiva completamente diferente, desde donde se puede observar cómo la espuma blanca del oleaje aisla las formaciones rocosas, antes accesibles.
Tengo muy fotografiada esta playa. Esta vez quería experimentar con algo nuevo. En marea baja, el mar deja al descubierto pequeñas grutas excavadas por la erosión en las mismas entrañas de los acantilados. Unas botas de agua son imprescindibles para acceder a su interior, cuidando de hacerlo a través de los baches o pequeñas lagunas remanentes, siempre que sea posible. De esta manera podemos incluir en el primer plano una arena impóluta, no pisada. Esto no siempre es posible ya que, o bien no hay agua para acceder, o bien otras personas se han anticipado. Pues bien, acabé realizando un estudio de esas grutas, montando el trípode en su interior y dirigiendo la cámara siempre hacia el mar, encuadrando a veces algún elemento interesante o buscando siluetas reflejadas en el agua. Incluso inventé algunas de esas grutas, moviéndome hasta lograr que dos siluetas rocosas independientes se cruzaran en un vértice elevado, a modo de grieta triangular.
Otro punto de vista que exploré fue el borde que forman la roca y la arena, y que aparece tras el descenso de la marea. El contraste de la roca oscura y estratificada con una arena en tonos claros crea un efecto de línea muy definida. Según donde posicionemos la cámara podemos registrar esta línea como horizontal, diagonal, recta o sinuosa, pero siempre con una trazo muy definido.
La Costa Quebrada, situada a 300 km al este de As Catedrais, era para mí un lugar por descubrir. Así que decidí buscar un alojamiento en el pueblo de Liencres, que tiene la particularidad de estar ubicado a menos de 15 minutos de cualquiera de los múltiples puntos de interés de este perfil costero.
La Costa Quebrada me recuerda bastante la zona del Flysch del país Vasco, entre Deba y Zumaya. Ambas poseen un origen geológico muy similar, basado en estratos sedimentarios plegados en diferentes angulaciones y orientaciones que les confieren este relieve tan peculiar. Visualmente, se diferencian entre sí en dos aspectos. La Costa Quebrada presenta una clara ristra de elementos rocosos que los cántabros denominan Urros, precediendo al perfil del acantilado propiamente dicho. Es como si el mar hubiera creado un canal de unos 50-100 metros entre una primera fila de islotes aislados entre sí por la erosión y el acantilado propiamente dicho. La segunda diferencia es que la Costa Quebrada alberga varias playas de arena, algunas de amplitud significativa.
Las más interesantes son, de este a oeste, las playas de Covachos, Arnía, Portio, Cerrías, Somocuevas y Madero. Son playas de diferente tamaño, algunas orientadas hacia el este y otras hacia el oeste, de arena anaranjada, alojadas en el seno de unos acantilados de altura moderada. Son particularmente interesantes la de Covachos, que durante la marea baja presenta un tómbolo que une la isla de Castro a tierra firme, la de Arnía que encara hacia el este la mencionada isla de Castro y la de Somocuevas, que tiene una orientación doble este-oeste.
Uno de los atractivos de esta costa es que todas estas playas están unidas por un sendero que ofrece ángulos y vistas increíbles. Los dos primeros días tuve un temporal de viento que no sólo hacía peligroso su tránsito, sino que impedía realizar fotos decentes, aún con un buen trípode. Pero cuando amainó pude fotografiar a gusto las playas y los Urros, azotados por un mar embravecido. La espectacularidad de esta geografía hace inevitable la toma de algunas ‘postales’, pero también es posible aislar algunos elementos interesantes, incluso obtener encuadres minimalistas.
Me llevé dos equipos para cubrir el viaje. El que iba a ser el primer equipo (Nikon FX) acabó en el maletero, como equipo de emergencia. El que usé en todas las tomas fue un APS-C sin espejo, el sistema X de Fujifilm. Los motivos fueron variados. En primer lugar, casi toda la semana hubo chubascos ocasionales que aparecían de improviso y duraban unos minutos, lo que aconsejaba trabajar con un sistema impermeabilizado como este. En segundo lugar, fotografiar en playas implica que debes llevar tu bolsa o mochila siempre a hombros para no contaminar de arena o salitre el equipo. En mi bolsa compartimentada de cinta cruzada podía llevar el cuerpo, dos ópticas, filtros, portafiltros, baterías, gamuzas y cable disparador, todo perfectamente accesible y con un peso total moderado. Y en tercer lugar, pese a no ser un equipo ‘full frame’, la calidad de las ópticas y del sensor de este sistema X de Fujifilm está ampliamente contrastada.
Pese a la intensidad fotográfica, se trató de un viaje bastante relajado. Al estar el cielo cubierto, no tuve que madrugar para aprovechar la luz del amanecer, y pude fotografiar a cualquier hora del día con filtros ND y degradado neutro. Los alojamientos se hallaban a 10-15 minutos de los puntos de interés, por lo que, si me apetecía, en cualquier momento podía acudir a ellos a descansar. Y al estar varias jornadas en la misma zona, lo que por falta de tiempo o inclemencias metereológicas no podía trabajar un día, lo hacía otro. Con los años he conseguido trazar un recorrido por el Cantábrico con un alto interés fotográfico que podría traducirse en la organización de viajes para gente que tiene el tiempo justo para fotografiar lugares especiales, pero no para buscarlos. Es un planteamiento que me hice durante esta escapada, y que no descarto poner en práctica en el futuro. Compartir es crecer.

Leave a Reply