¿Cuál es tu estado de ánimo preferido?

Posted on febrero 5, 2017

¿Cuál es tu estado de ánimo preferido?

Atención, la pregunta no es cuál es tu estado de ánimo habitual, sino aquél en el que tú te sientes a gusto, que te genera buenas sensaciones. A  muchos, la pregunta podrá parecerles una perogrullada y responderán que se sienten bien cuando están alegres, de buen humor, eufóricos, incluso enamorados. Y eso es así porque consideran que son estados de ánimo ‘positivos’, en contraposición a otros ‘negativos’ tales como pueden ser la tristeza, la nostalgia o la melancolía.

No hay un consenso firme entre los psicólogos a la hora de clasificar los estados de ánimo según el binomio positivo-negativo. Es evidente que los extremos son patológicos, como la depresión y la manía, la bipolaridad. Pero existe un abanico intermedio de estados de ánimo que, si no acaban afectando a las relaciones personales, laborables o a la salud del propio individuo, pueden proporcionar placer.

Por otra parte, un estado de ánimo, a diferencia de una emoción, es algo ‘regulable’. La emoción surge de repente, suele ser intensa, de difícil control y de corta duración. Un estado de ánimo es una situación emocional menos intensa, más permanente y que, en cierta medida,  podemos estimular o aplacar por medio de pensamientos o acciones. Por tanto, si uno se siente cómodo en un cierto estado de ánimo, puede alimentarlo de muchas maneras.

Pongamos como ejemplo mi estado de ánimo favorito: la melancolía. ¿Un estado negativo? No lo creo, en absoluto. Víctor Hugo definía la melancolía como ‘la felicidad de estar triste’. Para mí la melancolía es un sentimiento íntimamente ligado a la memoria, en el que existe un dolor permitido provocado por aquello que sucedió o que viví, y que soy consciente de que no podré recuperar. En mi caso, lo positivo de este estado de ánimo consiste en el placer de evocar una determinada situación, aunque sea por un tiempo limitado, que formó parte de mi vida. No es un echar de menos, ni un sufrir por lo perdido, se trata de recrear un fragmento de mi historia que se halla alojado en el saco de los recuerdos. Es una situación similar a la que se produce al sentarse uno en un sofá y abrir un álbum de fotos de hace 20 o 30 años.

Hay muchas maneras de potenciar un estado de ánimo determinado. Dejando aparte las químicas (¡cuidado, algunas tienen demasiados efectos secundarios!), podemos alimentarlo escuchando una determinada música, leyendo un libro, yendo a ver cierto tipo de cine, visitando algún lugar especial.

Cualquier medio de expresión artística puede convertirse en una herramienta para mostrar un estado de ánimo, incluida la fotografía. Para sentirme cómodo fotografiando necesito cierta soledad. La soledad me proporciona concentración en lo que hago y conexión con el entorno y, además, potencia la melancolía. También la potencian los días brumosos y algo fríos, un cielo encapotado, el silencio de una nevada, la niebla… Todos estos elementos combinan perfectamente con hayedos centenarios, lagos en calma, playas agrestes y desiertas, elementos aislados tales como árboles, vallas, puentes, edificios y construcciones decadentes, etc.

Mirad el portfolio de Michael Kenna. Independientemente de si os gusta o no, ¿no os transporta a la melancolía? Bueno, podemos pensar que Kenna es un fotógrafo de prestigio que gana mucho dinero y puede dedicarse a la fotografía a tiempo completo, buscando lugares especiales y recorriéndolos en épocas del año que favorecen su estilo y sin límite de tiempo. Él seguramente procura reunir estas condiciones, pero también es capaz de inspirar melancolía a pleno sol, en un lugar sin especial encanto y en casi cualquier circunstancia. Tiene interiorizado lo que quiere expresar y lo pre-visualiza con poco esfuerzo. Esta es también una de mis metas. Como lo ha hecho Chema Madoz con el humor, o Helmut Newton con la sensualidad, o Franco Fontana con la vitalidad a través de su color.

Las fotografías de esta escapada reciente pertenecen a Venecia. Es ya la quinta visita que hago a esta maravillosa ciudad. Como ya he dicho, me gusta mucho la decadencia arquitectónica y Venecia en invierno es el paraíso de esa decadencia que tanto me conecta a la melancolía. Por eso es un lugar recurrente para mí, alimenta ese pequeño placer de la nostalgia.

Pienso que tratar de averiguar nuestro estado de ánimo preferido puede ser un ejercicio interesante. Si logramos conocer lo que mueve nuestro interior, podremos realizar fotografías que generen emociones en los que las contemplan. Al fin y al cabo es para lo que sirve el arte, para recordar al espectador y al artista que están vivos.

Sello propio

Posted on diciembre 3, 2016

Uno de los grandes retos del ser humano consiste en hallar su identidad. Yo recuerdo cuando era pequeño que, en algunas ocasiones, me plantaba ante un espejo y me preguntaba quién era yo, e imaginaba salir de mi cuerpo para poder verme desde fuera, generalmente desde lo alto. Me entraban escalofríos y pronto desistía de la idea, me daba miedo. Pero el gran terremoto de la identidad acontece sin duda durante la adolescencia. Todos recordamos la necesidad de una etiqueta que nos sitúe en la tribu, de un aspecto físico que encaje con los amigos y afines, de un pensamiento más o menos estructurado que nos identifique con una ideología concreta.

La adolescencia remueve los cimientos de la identidad, pero ésta no se llega a estabilizar nunca del todo. Las relaciones de pareja, los hijos, la familia en general, el trabajo, el ocio, las nuevas amistades van forjando poco a poco la identidad global del individuo. Practicando la introspección, con algún tipo de terapia o coaching, o simplemente con el tiempo y las circunstancias que lo acompañan vamos descubriendo nuevas facetas de nosotros mismos que ignorábamos.

Una de ellas consiste en asomarse al artista que llevamos dentro. Y otra consecuente con la anterior, el tipo de arte que mejor se adapta a nuestras cualidades o habilidades. En los inicios, el artista recién estrenado copia. Bueno, en realidad el artista consolidado también lo hace. Picasso decía ‘El arte es robo’. Se trata de empaparse de arte ya creado para robar las esencias que valen la pena y, a partir de ello, crear algo personal. Y ahí es cuando aparece un nuevo concepto: la identidad o sello personal en el arte.

Todos tenemos una idea bastante clara de quién posee y quién no un sello personal en su faceta artística. Por ejemplo, escuchamos la voz y las letras de Dylan, y sabemos que sólo puede ser él. Oímos la voz y la guitarra de Mark Knopfler y las identificamos rápidamente con su persona. Vemos una fotografía en formato cuadrado, en blanco y negro y llena humor o ironía y la asociamos fácilmente a Chema Madoz. Distinguimos fácilmente a Picasso de van Gogh. Todos construyeron su sello personal; ¿cómo hacerlo nosotros?.

Hay una cierta obsesión con eso del sello personal. No tengo la menor idea de que exista un proceso metódico para conseguirlo. Los que se dedican a la enseñanza de la fotografía insisten en que busquemos en lo más profundo de nuestro interior hasta hallar nuestra personalidad artística. Luego veo sus obras, y si bien es verdad que algunos poseen una identidad bastante marcada, otros creo que confunden una visión fotográfica personal con la realización de infinitas variaciones sobre un mismo tema: todas sus fotografías se parecen hasta el aburrimiento.

Con todas estas disquisiciones sólo pretendo quitar presión, a los que las lean y sientan lo que yo, y a mí mismo. No creo necesario rebuscar en un pajar la aguja que borde mi marca personal. Lo que sí creo que nos puede ayudar realmente es ver mucha fotografía, acudir a muchas exposiciones de arte en general, oír mucha música y leer muchos libros. El poso que deja esta cultura artística será nuestra fuente de inspiración para acabar expresando lo que se agita en nuestro interior.

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Laguna seca, P.N. Torres del Paine, Chile 2016

En este último trabajo del Campo de hielo Patagónico Sur he cambiado mi manera de editar las imágenes. Yo no sé si tengo un sello personal o no. Hay gente que lo cree y hay gente que no. Los Parques Nacionales que he visitado poseen una belleza intrínseca y original, distinta al resto del mundo. Por tanto, son en sí una creación singular, son únicos.  Me aterraba la idea de acabar plasmando tal cual esta belleza, de no poder aportar mis sensaciones durante su contemplación. Mientras estaba allí, recuerdo el viento patagónico que creaba remolinos ascendentes en los lagos o encrespaba su superficie, mecía intensamente la vegetación, movía las nubes a toda velocidad, convertía las gotas de agua en proyectiles contra mis mejillas, me obligaba a agacharme para no caer. Recuerdo que el paisaje pasaba del color más saturado a la ausencia de relieve por falta de luz en cuestión de segundos.  Las cimas aparecían y desaparecían continuamente. Llovía por los cuatro costados, el agua te calaba hasta la ropa interior y de repente el viento y el sol te secaba en unos minutos.  Era todo tan cambiante, tan inestable, que no me encajaba ni la fotografía en color, ni la de blanco y negro. Al final me sentí cómodo con una edición desaturada de las escenas. Puede que no sea ortodoxo. Puede que no guste a muchos. Y tampoco sé si forma parte de mi sello personal (¿acaso tenía uno?). Simplemente, es la manera que he hallado de expresar lo que sentí en aquellos momentos.

P.N. de los Glaciares y P.N. Torres del Paine

Posted on noviembre 25, 2016
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Glaciar Perito Moreno, brazos Norte y Sur. Argentina, 2016

Acabo de aterrizar de mi último viaje fotográfico. Cuando mi gente me pregunta dónde he estado, les digo que en La Patagonia, para facilitar la ubicación. Pero esta respuesta es inexacta. La Patagonia es una región muy extensa y corresponde a la práctica totalidad del cono sur de Sudamérica. Si sé que mi interlocutor conoce la zona, le digo que he estado en los Parques Nacionales de Los Glaciares y Torres del Paine. Y ambos parques pertenecen al Campo de Hielo Patagónico Sur.

Un campo de hielo es una masa de hielo continental de una cierta dimensión, formada por glaciares y ventisqueros que desembocan en un lago o en el mar. Los más importantes se ubican en los polos y en La Patagonia. En esta última región existe un enorme campo de hielo (la segunda reserva mundial de agua dulce) que se divide en dos secciones, la Norte y la Sur. El campo de hielo Patagónico Norte está situado en Chile, mientras que el Sur se reparte entre Chile y Argentina. El campo de hielo Patagónico Sur es el que incluye los glaciares más conocidos: Upsala, Viedma y Perito Moreno en el  lado argentino, y Tyndall y Grey en el lado chileno, entre muchos otros.  Ambos países crearon para su protección sendos parques nacionales, el Parque Nacional de los Glaciares en el lado argentino, y el Parque Nacional Torres del Paine, en el lado chileno.

Este destino no era un lugar desconocido para mí. Estuve ahí en otoño de 2009. Fue un viaje que combiné con el desierto de Atacama y parte del altiplano del norte de Chile: ¡un gran contraste!  Recuerdo que viajaba con una Nikon D80 y dos ópticas, un 18-200mm DX y un 12-24mm DX. Fue un viaje que disfruté mucho, con un paisaje y una meteorología con mucha miga fotográfica.

Ya he dicho en otra entrada que me gusta repetir determinados destinos. Lo hago porque, sinceramente, no tengo la capacidad de captar la esencia del lugar hasta que no lo conozco mejor. Los lugares especiales suelen  tener determinados elementos geográficos o geológicos que poseen un gran magnetismo visual y que –al menos en mí- son capaces de despertar emociones profundas. Hay lagos, cordilleras, rocas erosionadas, dunas o glaciares que atraen profundamente la mirada, de tal manera que anulan las peculiaridades del entorno. Por ejemplo, el macizo de Torres del Paine es un conjunto granítico que se eleva de golpe hasta casi los 3.000 m, con nieve perpetua en sus cimas y una corona de nubes que varía minuto a minuto por las borrascas del Pacífico impelidas sin pausa por el famoso viento patagónico. Cualquier toma, cualquier imagen de un sujeto cercano a la cámara, por muy precioso o especial que éste sea, compite estrechamente con el fondo, que no es otro que el macizo del Paine.  En este viaje, uno de mis retos fotográficos era captar los rincones más bonitos sin que el ‘todopoderoso’ macizo protagonizara masivamente la escena. En otras palabras, sabiendo que no podía ignorarlo, intentar al menos que no fuera más importante el fondo que el primer plano.

Cuernos del Paine, con su granito bicolor.

Cuernos del Paine, con su granito bicolor

Descontando los vuelos y traslados, el viaje duró 16 días: la mayor parte del tiempo lo dediqué al P.N. Torres del Paine, y estuve unos días en el P.N. Los Glaciares. Decidí llevarme dos equipos, uno de formato completo y uno APS. El de formato completo comprendía la Nikon D800, el Nikkor 16-35mm f/4, el Nikkor 28-300mm f/3.5-5.6 y el Nikkor 50mm f/1.8 AF. El equipo APS constaba de una Fujifilm XT-1, un Fujinon 10-24mm f/4 R y un Fujinon 18-135mm f/3.5-5.6 R. Aparte, me llevé filtros de densidad neutra, un degradado neutro y un polarizador. Finalmente, un trípode compacto de fibra de carbono.

Me gustaría hacer dos comentarios acerca del equipo. En primer lugar, que quede claro que amo las lentes fijas, y sobre todo las manuales, pero también soy muy práctico. No me gusta ir cargado de material en un viaje largo. Una cosa es salir de casa en tu coche, donde puedes llevarte hasta material analógico por si te apetece jugar un rato, y otra es un viaje transoceánico donde no debes facturar el equipo y en el que sólo se permiten alrededor de 10 kg de peso en cabina. Así que, contento con la nitidez, contraste y rango de mis zooms, Photoshop se encargará de corregir las distorsiones. En segundo lugar, en vez de incluir un cuerpo FX de emergencia, preferí  llevarme un equipo completo Fuji porque tenía intención de realizar un trekking de 2 días y pensé en un equipo ligero y resistente al agua. El equipo FX funcionó de maravilla -a pesar de un viento de más de 70 km/h que se empecinaba en hacer vibrar trípode y cámara- y el equipo APS respondió fantásticamente al trekking pasado por viento y lluvia. En conclusión, creo que elegí acertadamente.

El Parque Nacional de Los Glaciares argentino tiene tres grandes atractivos: el Glaciar Perito Moreno, los Glaciares Upsala, Onelli y Spegazzini, y los picos Cerro Torre y Fitz Roy.

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Canal de los témpanos desde las pasarelas, Lago Argentino

El Glaciar Perito Moreno es el más visitado del mundo porque es el más accesible. Además, es el único de la zona que no retrocede por el cambio climático. En su avance hacia el Lago Argentino cada año choca por su parte central contra una lengua de tierra que lo divide en dos brazos, el norte y el sur. En dicha lengua de tierra se han construido varios kilómetros de pasarelas que proporcionan vistas cercanas o panorámicas, según la zona. Aunque la densidad de turistas es elevada (octubre es un buen mes para eludirla), las pasarelas son amplias y permiten el uso del trípode. También resulta posible navegar frente al brazo sur, e incluso realizar un minitrekking sobre el mismo glaciar con un final de” whisky on the (glaciar) rocks”. Desaconsejo ambas actividades por caras, cursis y carentes de potencial fotográfico, pero si vais con familia, querrán probarlas. Finalmente, mi recomendación es dedicarle dos o tres días, para tener distintas opciones metereológicas.

La visita a los Glaciares Upsala, Onelli y Spegazzini sólo puede realizarse mediante navegación. Si conseguís haceros con un hueco en la barandilla del barco, con un zoom podréis captar detalles del hielo, siempre que no haya témpanos y consiga acercarse lo suficiente. Y, fotográficamente, poca cosa más. Hace unos años se podía desembarcar y andar hasta la bahía Onelli, que recoge a lo ancho los témpanos del Glaciar del mismo nombre. Pero un corrimiento de tierras obligó a cancelar la actividad, que era para mí lo único interesante. En definitiva, no hice la navegación.

Laguna y Glaciar Cerro Torre, Argentina 2016

Laguna y Glaciar Cerro Torre, Argentina 2016

Para acercarse a los picos más altos de la zona, el Fitz Roy (3.405m) y el Cerro Torre (3.133m) son necesarias unas 3 horas de autobús desde El Calafate hasta El Chaltén. Desde esta última localidad salen dos senderos básicos hacia cada una de las bases de ambos picos. Hay otros recorridos de trekking y alpinismo. Sólo disponía de un día, y elegí el Cerro Torre. El sendero termina en un lago lleno de témpanos con el Glaciar Torre al fondo. Los 9 km de recorrido con pendiente suave no se hacen pesados y la meta es espectacular.

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P.N. Torres del Paine, Chile 2016

El Parque Nacional Torres del Paine merece una inversión de tiempo más importante, tanto por su extensión como por la fácil accesibilidad a sus diferentes rincones. Si no queremos perdernos nada, es imprescindible alquilar un auto. Yo alquilé uno durante 7 días en Puerto Natales, donde tenía mi hotel. Si uno quiere ahorrarse los 250 km diarios (entre ida y vuelta) que suponen su acceso y prefiere dormir en el parque, que prepare cartera.  Aun así, es casi imprescindible alquilar el coche para moverse por su interior y alrededores.

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Lago Nordenskjold, P.N. Torres del Paine

El parque está recorrido por diversas pistas sin asfaltar, aunque en buen estado y aptas para todo tipo de vehículos. También es famoso por sus senderos. El mundo excursionista se debate entre el trekking en ‘W’ de 4-5 días (el más frecuentado) y el trekking en ‘O’ ( dar la vuelta al macizo) de 7 días. Aunque son caminatas más para amantes de la bota que de la cámara, opté por salir de mi zona de confort hotel/auto y me decidí por una corta de unas 3 ½  horas  hasta el Glaciar Grey con 2 noches de pernoctación en un refugio. Pese a la muy adversa climatología, también valió la pena.

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Glaciar Grey, P.N. Torres del Paine, Chile 2016

Finalmente, y si se dispone de tiempo, es interesante explorar en coche la zona perimetral del parque. Hay paisajes espectaculares, con montes nevados y lagunas neblinosas. Una de las que descubrí fue Laguna Sofía, a unos pocos kilómetros de Puerto Natales.

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Playa del Lago Grey, P.N. Torres del Paine, Chile 2016

Las fotografías que acompañan este texto son para ubicarse en el lugar, sin grandes pretensiones artísticas. Casi todo el mundo hace estas fotos, porque el sitio es muy de postal. Eso añade dificultad al proceso creativo, porque la belleza del lugar es de tal magnitud que parece suficiente con plasmarla tal cual es. En las imágenes de ‘último viaje’, mi obsesión era ver algo más de lo que la mayoría de gente ve en estos parques nacionales. Lo he intentado, pero no estoy muy seguro de que el magnetismo del lugar me lo haya permitido.

Nota: Mi agradecimiento a Claudio (Hostal Isla Morena, Puerto Natales) por su cálida hospitalidad. También al staff del Hostal Schilling (El Calafate) por su simpatía y eficiencia.

As Catedrais y Costa Quebrada

Posted on diciembre 13, 2015
Atardecer en los Urros, Cantabria 2015

Atardecer en los Urros, Cantabria 2015

Cada año me tomo una semana de vacaciones para disfrutarla en soledad. Vacaciones completas, laborales y familiares. Recorrer periódicamente una parte de la geografía en solitario para mí se ha convertido, más que en un acto ocioso, en una necesidad personal. Son viajes cuidadosamente planificados, con mucha intensidad fotográfica, en los que el tiempo se distribuye a partes iguales entre la visualización de escenas y el fluir del pensamiento.
Desde el punto de vista fotográfico, aprovecho estos viajes para explorar nuevas ubicaciones, o profundizar en otras conocidas. Hay fotógrafos que son capaces de captar la esencia de un lugar a la primera. Yo no tengo esta cualidad, necesito tiempo para averiguar dónde está el caviar de la zona. Es por eso que, si el lugar lo merece, suelo repetir hasta agotar su potencial. Y como normalmente se trata de lugares especiales, con una importante afluencia de curiosos, suelo visitarlos en temporada baja, cuando antes del amanecer podemos coincidir, a lo sumo, un par de perturbados.
Este año el destino ha sido la costa cantábrica, concretamente la playa As Catedrais de Lugo y la Costa Quebrada de Cantabria. La semana del viaje y el orden de los destinos lo elegí en función del horario e intensidad de las mareas y de las horas de luz. Tuve la gran suerte de tener un tiempo mayormente cubierto, aunque sin frío ni largos períodos de lluvia.
As Catedrais es, para mí, algo más que un lugar emblemático. Es como un templo al aire libre con una energía muy especial, repleto de rincones fantásticos que cambian de aspecto según la época. Cuando paseo por esta playa en marea baja, empatizo con los castigados acantilados, siempre a merced de un mar a menudo furioso que, temporal tras temporal, modela su silueta. Este año, la zona de los arbotantes, otrora rocosa, estaba completamente cubierta de arena, incrementando la superficie de la playa. Tras la retirada del mar, en marea baja aparecen pequeñas lagunas aisladas por aquí y por allá, que modifican el paisaje día a día. El mal tiempo junto con la época del año (finales de noviembre) me facilitaron la exclusión fotográfica de la poca gente que paseaba por la zona. Cuando la marea sube, el paseo continúa por el borde elevado del acantilado ofreciendo una perspectiva completamente diferente, desde donde se puede observar cómo la espuma blanca del oleaje aisla las formaciones rocosas, antes accesibles.
Tengo muy fotografiada esta playa. Esta vez quería experimentar con algo nuevo. En marea baja, el mar deja al descubierto pequeñas grutas excavadas por la erosión en las mismas entrañas de los acantilados. Unas botas de agua son imprescindibles para acceder a su interior, cuidando de hacerlo a través de los baches o pequeñas lagunas remanentes, siempre que sea posible. De esta manera podemos incluir en el primer plano una arena impóluta, no pisada. Esto no siempre es posible ya que, o bien no hay agua para acceder, o bien otras personas se han anticipado. Pues bien, acabé realizando un estudio de esas grutas, montando el trípode en su interior y dirigiendo la cámara siempre hacia el mar, encuadrando a veces algún elemento interesante o buscando siluetas reflejadas en el agua. Incluso inventé algunas de esas grutas, moviéndome hasta lograr que dos siluetas rocosas independientes se cruzaran en un vértice elevado, a modo de grieta triangular.
Otro punto de vista que exploré fue el borde que forman la roca y la arena, y que aparece tras el descenso de la marea. El contraste de la roca oscura y estratificada con una arena en tonos claros crea un efecto de línea muy definida. Según donde posicionemos la cámara podemos registrar esta línea como horizontal, diagonal, recta o sinuosa, pero siempre con una trazo muy definido.
La Costa Quebrada, situada a 300 km al este de As Catedrais, era para mí un lugar por descubrir. Así que decidí buscar un alojamiento en el pueblo de Liencres, que tiene la particularidad de estar ubicado a menos de 15 minutos de cualquiera de los múltiples puntos de interés de este perfil costero.
La Costa Quebrada me recuerda bastante la zona del Flysch del país Vasco, entre Deba y Zumaya. Ambas poseen un origen geológico muy similar, basado en estratos sedimentarios plegados en diferentes angulaciones y orientaciones que les confieren este relieve tan peculiar. Visualmente, se diferencian entre sí en dos aspectos. La Costa Quebrada presenta una clara ristra de elementos rocosos que los cántabros denominan Urros, precediendo al perfil del acantilado propiamente dicho. Es como si el mar hubiera creado un canal de unos 50-100 metros entre una primera fila de islotes aislados entre sí por la erosión y el acantilado propiamente dicho. La segunda diferencia es que la Costa Quebrada alberga varias playas de arena, algunas de amplitud significativa.
Las más interesantes son, de este a oeste, las playas de Covachos, Arnía, Portio, Cerrías, Somocuevas y Madero. Son playas de diferente tamaño, algunas orientadas hacia el este y otras hacia el oeste, de arena anaranjada, alojadas en el seno de unos acantilados de altura moderada. Son particularmente interesantes la de Covachos, que durante la marea baja presenta un tómbolo que une la isla de Castro a tierra firme, la de Arnía que encara hacia el este la mencionada isla de Castro y la de Somocuevas, que tiene una orientación doble este-oeste.
Uno de los atractivos de esta costa es que todas estas playas están unidas por un sendero que ofrece ángulos y vistas increíbles. Los dos primeros días tuve un temporal de viento que no sólo hacía peligroso su tránsito, sino que impedía realizar fotos decentes, aún con un buen trípode. Pero cuando amainó pude fotografiar a gusto las playas y los Urros, azotados por un mar embravecido. La espectacularidad de esta geografía hace inevitable la toma de algunas ‘postales’, pero también es posible aislar algunos elementos interesantes, incluso obtener encuadres minimalistas.
Me llevé dos equipos para cubrir el viaje. El que iba a ser el primer equipo (Nikon FX) acabó en el maletero, como equipo de emergencia. El que usé en todas las tomas fue un APS-C sin espejo, el sistema X de Fujifilm. Los motivos fueron variados. En primer lugar, casi toda la semana hubo chubascos ocasionales que aparecían de improviso y duraban unos minutos, lo que aconsejaba trabajar con un sistema impermeabilizado como este. En segundo lugar, fotografiar en playas implica que debes llevar tu bolsa o mochila siempre a hombros para no contaminar de arena o salitre el equipo. En mi bolsa compartimentada de cinta cruzada podía llevar el cuerpo, dos ópticas, filtros, portafiltros, baterías, gamuzas y cable disparador, todo perfectamente accesible y con un peso total moderado. Y en tercer lugar, pese a no ser un equipo ‘full frame’, la calidad de las ópticas y del sensor de este sistema X de Fujifilm está ampliamente contrastada.
Pese a la intensidad fotográfica, se trató de un viaje bastante relajado. Al estar el cielo cubierto, no tuve que madrugar para aprovechar la luz del amanecer, y pude fotografiar a cualquier hora del día con filtros ND y degradado neutro. Los alojamientos se hallaban a 10-15 minutos de los puntos de interés, por lo que, si me apetecía, en cualquier momento podía acudir a ellos a descansar. Y al estar varias jornadas en la misma zona, lo que por falta de tiempo o inclemencias metereológicas no podía trabajar un día, lo hacía otro. Con los años he conseguido trazar un recorrido por el Cantábrico con un alto interés fotográfico que podría traducirse en la organización de viajes para gente que tiene el tiempo justo para fotografiar lugares especiales, pero no para buscarlos. Es un planteamiento que me hice durante esta escapada, y que no descarto poner en práctica en el futuro. Compartir es crecer.

Sakoneta

Posted on septiembre 23, 2015

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Una de las cosas que más me estimula es curiosear en las entrevistas, conversaciones y reportajes de fotógrafos importantes. Navegando por la red (ahora está de moda decir ‘googleando’) aparecen muchas, ya sea en formato vídeo, ya sea en formato lectura.
Cuando uno accede a las experiencias de esos genios observa como, pese a la insistencia de los entrevistadores, apenas hablan de técnica o equipo y, en cambio, hablan mucho de aquello que fotografían. Todos ellos son capaces de realizar una buena fotografía de un sujeto cualquiera. De hecho, muchos viven de fotografiar temas muy variados. Pero lo que hace que trascienda su obra, lo que diferencia la corrección de la excelencia radica en fotografiar aquello que aman.
Descubrir lo que uno ama, aquello que realmente nos motiva, no siempre resulta fácil. Hay personas que tienen una gran facilidad para ello, pero las hay que están pobremente entrenadas en la introspección y no logran averiguarlo. Por mi parte, debo reconocer que no soy un virtuoso de la introspección, pero lo que sí he comprobado es que, para poner tu alma en algo (una fotografía, por ejemplo), primero tienes que amarlo, admirarlo.

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La playa de Sakoneta es, para mí, un templo de recogimiento. Algo similar es lo que me provoca As Catedrais. En ambas confluyen dos temas que me motivan enormemente, tanto desde el punto de vista personal como fotográfico: la geología y el mar. Las descubrí hace ya años y cada cierto tiempo noto en mi interior la necesidad de volver a visitarlas. No me canso de pasear por ellas, ni de fotografiarlas, a ser posible en la máxima intimidad.
Por hablar de ejemplos tópicos, Ansel Adams fotografió naturaleza muerta, arquitectura, personas, pero su templo era Yosemite. Y fueron sus fotos de este Parque Nacional las que lo encumbraron, las que han trascendido. Cartier-Bresson se sentía él cuando, Leica en mano, deambulaba por la urbe en busca de instantes decisivos. Y posteriormente se dejó seducir por la pintura, que substituyó a la fotografía. Michael Kenna es capaz de establecer un contacto íntimo (casi personal) con un árbol, un lago, un paisaje y repite sus visitas una y otra vez.

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Pienso que, tanto en lo personal como en lo fotográfico, es importante descubrir lo que realmente le motiva a uno, aquel concepto, actividad o sujeto animado o inanimado, con el que conversa en su interior, con el que comparte emociones, con quien se relaja, con el que pasaría horas, días, sin aburrirse un solo segundo. Una vez hallado, captar su esencia se vuelve mucho más fácil.

Último viaje. Camboya

Posted on agosto 16, 2015

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Acabo de llegar de un viaje familiar por Camboya. Aunque lo hemos hecho por libre, este tipo de viajes no permite una dedicación fotográfica suficiente. Te obliga a seguir una ruta más o menos predeterminada, no dispones de demasiado tiempo para quedarte en cada sitio y viajas acompañado, por lo que hay que respetar el espacio, tiempo y expectativas de la otra persona. Y falta tiempo, no tiene sentido acarrear con el equipo al completo. El trípode no sirve de gran cosa, y menos aún los filtros de densidad neutra. A lo sumo, un polarizador. En definitiva, no queda otra que fluir y ‘cazar’ lo que se ponga a tiro.
Fotográficamente, Camboya es la conjunción de templos, gente y arrozales.

 

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El paisajista deberá conformarse con los arrozales, que no siempre lucirán por culpa de un cielo que, casi a diario (al menos en la temporada de lluvias), es de un color blanco de difícil captura y edición. Algún día despeja y se torna azul con nubes blancas. Más a menudo se encapota para descargar rápidamente en forma de tormenta de agua cálida.
Para quien le guste fotografiar gente, Camboya es un paraíso. Los camboyanos, cuya población es mayoritariamente rural, conservan una cierta inocencia y una notable curiosidad por lo que viene de fuera. Saliendo del entorno turístico de Siem Reap y del caos de Phnom Penh, el visitante se convierte en un elemento extraño para el resto de camboyanos. Están abiertos a saber de ti y no les importa que los fotografíes en su día a día. El lenguaje es una barrera, pero su sonrisa es cautivadora.

 

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Pero la joya de Camboya es el conjunto de templos de Angkor. Templos milenarios construidos por los arquitectos del imperio Jemer con bloques de arenisca maravillosamente labrados con motivos religiosos, guerreros y de la vida cotidiana por escultores de gran nivel. Estos templos fueron literalmente engullidos por la naturaleza. Recientemente algunos de ellos fueron rescatados y reconstruidos a modo de enormes rompecabezas.
A mi modo de ver, la fotografía de estos templos proporciona su máximo rendimiento cuando trabajamos el detalle o zonas muy limitadas. El entorno carece de relieve y sólo posee vegetación, y el cielo blanquecino tampoco ayuda. Por otra parte, a la hora de componer hay que sortear los chiringuitos, tuk-tuks y taxis situados junto a los templos, los niños vendedores que merodean por ahí y, sobretodo, las hordas de turistas que dejan pocos rincones solitarios. Quizás durante las horas del mediodía (de 12:30 a 14:30) hay menos gente, pero el sol (si despeja) está muy vertical y el terrible calor húmedo alcanza su cénit. En definitiva, un típico día camboyano con luz difusa por el cielo blanco invita más a la fotografía del detalle que a la integración del templo en su entorno.

 

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Una recomendación final. El calor húmedo es irritante e impide alcanzar el grado de concentración necesario para observar, componer y disparar. Paciencia, ‘keep calm’. Mejor ir bien protegido del sol, mantener un buen nivel de hidratación y terminar el viaje en la costa, por ejemplo en Kep. Allí también hace calor y la temperatura del mar se acerca a los 30ºC, pero la brisa marina permite recuperar las funciones vitales.


Mención especial. Durante nuestra estancia en Camboya me comunicaron el fallecimiento súbito de una de las personas a las que más he apreciado y admirado, Jaume de Caso, nombrado en la entrada de bienvenida de esta web. Recibe mi particular homenaje, querido Jaume.

Bienvenida

Posted on julio 7, 2015

Mostrar y compartir lo que hago no ha sido, hasta ahora, una prioridad para mí. Gracias al apoyo de personas tan queridas como Gloria Martos, Matías Valenzuela, Félix Rufín y Jaume de Caso he decidido dar el paso. Estoy seguro de que la experiencia será positiva.