Sello propio

Posted on diciembre 3, 2016

Uno de los grandes retos del ser humano consiste en hallar su identidad. Yo recuerdo cuando era pequeño que, en algunas ocasiones, me plantaba ante un espejo y me preguntaba quién era yo, e imaginaba salir de mi cuerpo para poder verme desde fuera, generalmente desde lo alto. Me entraban escalofríos y pronto desistía de la idea, me daba miedo. Pero el gran terremoto de la identidad acontece sin duda durante la adolescencia. Todos recordamos la necesidad de una etiqueta que nos sitúe en la tribu, de un aspecto físico que encaje con los amigos y afines, de un pensamiento más o menos estructurado que nos identifique con una ideología concreta.

La adolescencia remueve los cimientos de la identidad, pero ésta no se llega a estabilizar nunca del todo. Las relaciones de pareja, los hijos, la familia en general, el trabajo, el ocio, las nuevas amistades van forjando poco a poco la identidad global del individuo. Practicando la introspección, con algún tipo de terapia o coaching, o simplemente con el tiempo y las circunstancias que lo acompañan vamos descubriendo nuevas facetas de nosotros mismos que ignorábamos.

Una de ellas consiste en asomarse al artista que llevamos dentro. Y otra consecuente con la anterior, el tipo de arte que mejor se adapta a nuestras cualidades o habilidades. En los inicios, el artista recién estrenado copia. Bueno, en realidad el artista consolidado también lo hace. Picasso decía ‘El arte es robo’. Se trata de empaparse de arte ya creado para robar las esencias que valen la pena y, a partir de ello, crear algo personal. Y ahí es cuando aparece un nuevo concepto: la identidad o sello personal en el arte.

Todos tenemos una idea bastante clara de quién posee y quién no un sello personal en su faceta artística. Por ejemplo, escuchamos la voz y las letras de Dylan, y sabemos que sólo puede ser él. Oímos la voz y la guitarra de Mark Knopfler y las identificamos rápidamente con su persona. Vemos una fotografía en formato cuadrado, en blanco y negro y llena humor o ironía y la asociamos fácilmente a Chema Madoz. Distinguimos fácilmente a Picasso de van Gogh. Todos construyeron su sello personal; ¿cómo hacerlo nosotros?.

Hay una cierta obsesión con eso del sello personal. No tengo la menor idea de que exista un proceso metódico para conseguirlo. Los que se dedican a la enseñanza de la fotografía insisten en que busquemos en lo más profundo de nuestro interior hasta hallar nuestra personalidad artística. Luego veo sus obras, y si bien es verdad que algunos poseen una identidad bastante marcada, otros creo que confunden una visión fotográfica personal con la realización de infinitas variaciones sobre un mismo tema: todas sus fotografías se parecen hasta el aburrimiento.

Con todas estas disquisiciones sólo pretendo quitar presión, a los que las lean y sientan lo que yo, y a mí mismo. No creo necesario rebuscar en un pajar la aguja que borde mi marca personal. Lo que sí creo que nos puede ayudar realmente es ver mucha fotografía, acudir a muchas exposiciones de arte en general, oír mucha música y leer muchos libros. El poso que deja esta cultura artística será nuestra fuente de inspiración para acabar expresando lo que se agita en nuestro interior.

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Laguna seca, P.N. Torres del Paine, Chile 2016

En este último trabajo del Campo de hielo Patagónico Sur he cambiado mi manera de editar las imágenes. Yo no sé si tengo un sello personal o no. Hay gente que lo cree y hay gente que no. Los Parques Nacionales que he visitado poseen una belleza intrínseca y original, distinta al resto del mundo. Por tanto, son en sí una creación singular, son únicos.  Me aterraba la idea de acabar plasmando tal cual esta belleza, de no poder aportar mis sensaciones durante su contemplación. Mientras estaba allí, recuerdo el viento patagónico que creaba remolinos ascendentes en los lagos o encrespaba su superficie, mecía intensamente la vegetación, movía las nubes a toda velocidad, convertía las gotas de agua en proyectiles contra mis mejillas, me obligaba a agacharme para no caer. Recuerdo que el paisaje pasaba del color más saturado a la ausencia de relieve por falta de luz en cuestión de segundos.  Las cimas aparecían y desaparecían continuamente. Llovía por los cuatro costados, el agua te calaba hasta la ropa interior y de repente el viento y el sol te secaba en unos minutos.  Era todo tan cambiante, tan inestable, que no me encajaba ni la fotografía en color, ni la de blanco y negro. Al final me sentí cómodo con una edición desaturada de las escenas. Puede que no sea ortodoxo. Puede que no guste a muchos. Y tampoco sé si forma parte de mi sello personal (¿acaso tenía uno?). Simplemente, es la manera que he hallado de expresar lo que sentí en aquellos momentos.

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